El sol entraba con suavidad por la ventana de su habitación, había movimiento afuera, los inquilinos de la casa estaban inquietos; yo estaba recostada sobre esa cama que era más dura que una piedra, pero esa vez sentí que era suave y cómoda, tanto que me estaba hundiendo en ella... O eso era lo que pensaba.
Mi celular empezó a vibrar.
—Te llaman.
— ¡No puede ser!, ¿quién carajos me está llamando?
Se acercó a mí y me tapó la boca con su mano.
— ¡Callate, te van a oír!
— ¡¿Quiénes, por qué?!
— ¡Shhhh, estás gritando!
— ¿En serio?
—Sí...
