miércoles, 30 de septiembre de 2020

Y una noche...

 

... volviste.

Llegaste de nuevo hasta aquí.

Todo empezó esa noche, que entre tragos, música, humo y risas, me acordé de vos.
Esa cancioncita tan tuya comenzó a sonar; entró a mis oídos, llegó a mi cerebro, atravesó mi corazón y tocó a tu puerta. Saliste, tan tranquilo y sereno como lo hacías cuando iba a buscarte a tu casa, recién despierto.
Sonreí, me era imposible no hacerlo.

La noche siguió, yo seguía bebiendo.
Los brazos me pesaban, no sentía las piernas. Mi cama era mi reino y mi infierno al mismo tiempo. Mi mareo era mi corona, mi botella era mi cetro, tu recuerdo era mi trono.
La música seguía sonando y, canción a canción, bailabas dentro de mí; te reías, disfrutabas. Eras tan vos y se sentía tan... Bien.
Y eso era bueno, era bueno sentirme bien.
Me eché para atrás, cayendo de espaldas sobre mi cama, halé mi laptop y busqué entre mis cosas todo aquello que aún guardo de vos.

Te vi ahí, vivo; entre fotos, videos, escritos y voces que me erizaron la piel, me hicieron reír y me llenaron de alegría de nuevo.
Era esa sensación de satisfacción tan bonita que no puedo compararla con algo más.
Sabía bien que, todo eso que tenía guardado, ya no existe. Sos una persona completamente diferente ahora y, eso es bueno. Es bueno verte crecer, saber que estás, que seguís y que sos a pesar de todo...
Me reí.
Recordé esa vez en la que te vi con aquella chica que tenía un extraño parecido físico a mí pero con menor estatura; yo sabía quién era, yo sabía que llegarían y que me harías pagar un muy viejo karma que tenía.
Yo había aceptado todo eso.
Y me volví a reír.
—Esto es demasiado ridículo –me dije aún entre risas–, ¡a qué cosas me meto!

Apagué la laptop y la luz de mi habitación, me dejé caer de panza sobre mi cama. Mi oso y mi coneja de peluche volaron por el aire y cayeron justo sobre mi espalda.
Me quedé viendo a la nada que se vuelve mi habitación cuando está a oscuras. Cerré los ojos.
Traté de imaginar que estaba en tu antigua habitación amarilla, esa que nos cobijó incontables días y noches. Vi la ventana, las cortinas, la puerta con el póster que te regalé, la diana con los dardos clavados en ella, el galón de agua, tu mueble de ropa, el escritorio, las latas de pintura, las otras cosas que tenías tiradas, tu casco, tus guantes, tu mochila, un par de bandanas sucias, el canastito de basura, tu mesa de noche... Tu cama. Sí... Estaba sobre tu cama, pero no estabas ahí.
Abracé a mi oso de peluche.
—Duérmete, Anabel, no ganas nada pensando en cosas que ya no existen.
Cosas que ya no existen.
Cosas que ya no existen.
Cosas que ya no existen.

Sentí que comencé a flotar, la cabeza me daba vueltas, se sentía bien.
Me gustaba sentirme así.
Todo lo que yo era llegó a separarse y a hacerse una masa colorida que seguía flotando, se unía y se separaba constantemente pero con lentitud.
Creí que estaba soñando.
Hasta que me vi en ese salón con paredes de ladrillo y escritorios verdes. Estaba del lado derecho del salón, junto a la ventana. Hacía frío, pero poco a poco empezó a llenarse de gente, era tanta que ya ni cabían.
Yo seguía, como siempre, haciendo garabatos en mi cuaderno, perdida en mi mundo; hasta que una sombra se posó sobre mí. Levanté la mirada.
—Disculpá –dijo un muchacho delgado, moreno, de cabello bastante largo y ondulado–, ¿no sabés dónde hay un lugar vacío?
En un instante me di cuenta de que era uno de tus mejores amigos, al que todos de cariño llaman Cosh. Le sonreí y le respondí:
—Claro, al final de ésta fila, hacia la izquierda hay uno.
Al ver hacia mi izquierda, ahí estabas, justo al lado mío. Te reíste pero no dijiste nada, como acostumbrabas. No tengo idea de qué cara fue la que puse, pero parecías divertido con la situación.
— ¡Gracias, Ann!, pero no quiero sentarme en ésta fila, estoy muy hasta atrás...
— ¡Vos, Ray! –le hablaste a un chico de cabello corto y rizado que estaba frente a nosotros–, quitate de ahí y cambiá lugar con el Cosh.
Ray se levantó y nos vio con mala cara hasta que reventó en risa.
—Ya voy –respondió con su voz serena.
El cambio de lugares se dio, Cosh volteó a vernos y sonrió. Yo seguía neutra, como si nada de eso hubiese pasado. Trataba de ignorar que tenía de nuevo a esos tres conmigo, esos tres que eran mis amigos y que, con el tiempo, me hice olvidar.
Se encendió una pantalla grande frente a nosotros, parecía que iban a poner una película.

Me vi en una cama de sábanas blancas, vos seguías a mi lado, con la mirada clavada en la pantalla.
Era la habitación de aquel «palacio» en la que nos quedamos a dormir cuando nos fuimos de viaje por segunda vez.
La pantalla proyectaba colores y figuras llamativas, entendí que se trataba de mi (ahora) serie favorita "The Midnight Gospel", era ese episodio en el que todo se repite, hasta que explican con una canción cómo eres parte de un todo y todo eres tú; lo que ahora es mi mantra...
—Esa serie me gusta mucho –dije entre dientes.
— ¿Ah sí?
—Sí, con esta sería la segunda vez que la veo.
Ahogaste tu risa.
—Para mí sería la cuarta –suspiraste–, es muy buena, la verdad.
Nos quedamos en silencio. Pensé en levantarme, en irme al baño y quedarme encerrada ahí para evitar seguir a tu lado, no porque no me gustara, sino porque... No me sentía del todo bien, tenía...
Volteé a verte de nuevo y estabas viéndome mientras sonreías. Me reí.
— ¿Qué me ves, moreno? –pregunté con un tono de voz parecido al que usabas cuando me hacías la misma pregunta.
Te reíste a carcajadas y negaste con la cabeza.
—Ah, patoja –suspiraste y seguiste viendo la televisión.
Me acerqué a vos y te abracé, quedé con mi cabeza entre tus brazos y tu pecho, como siempre me había gustado hacerlo. Me devolviste el abrazo y me acariciaste el cabello.
—Te quiero mucho –murmuré.
Silencio.
Realmente no me importaba si me respondías o no, yo estaba disfrutando de lo que sentía, como siempre lo he hecho desde que llegaste a mi vida.
—Yo también lo hago –respondiste con ternura, te dirigí la mirada–, no lo olvidés.
Sentí cómo seguí flotando entre la nada, veía colores, veía imágenes que no entendía... Mis dedos se desprendieron de mis manos y mis pies, luego me desprendí por completo. Vi cómo mi ropa se desintegraba y volví a ser esa masa multicolor, tomé formas diferentes... Me hice lugares, me hice plantas, árboles... Me hice animales, me hice personas... Me hice vos, ese vos al que amé con tanta intensidad y que siempre deseé ser pero no lo entendía al principio porque... Se sentía bien, era bueno, eras perfecto, ¡yo te creé!, ¡era a mí y a mi más grande creación hechos uno solo a quién veía realmente!... Ya no quería volver al mundo real, lo que estaba viviendo era como si estuviera llegando al cielo o mucho más lejos...

9 AM.
Domingo.
Mis alarmas empezaron a funcionar.
Posponer.
Tenía dos mensajes de Whatsapp, cada uno de mis mejores amigos: José y Adrián.
Tenía un mundo de notificaciones de Facebook, Instagram y YouTube.
De golpe, por la resaca, recordé todo lo que había pasado anoche. Me empezó a doler la cabeza. Debía levantarme de la cama para pedirle a mi mamá una aspirina o una de esas sopas milagrosas que siempre me prepara para quitarme el malestar... Pero, ¡naaaagh!, hoy no.
Abracé, ahora, a mi coneja de peluche.
—Unos cinco minutos más, por favor –reproché.
Y volví a quedarme dormida...



_________________________




«Cuando volvás a irte, procurá sonreír
un poquito más,
así tu sonrisa
correrá a quedarse conmigo».

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Transparent White Star